Saludos y bienvenidos a la edición de mayo de 2026 de Creando Conexiones. Agradezco la oportunidad de servir a nuestras crecientes congregaciones hispanas y multiet́nicas de las Asambleas de Dios. A menudo hemos dicho que nuestra misión es parecernos cada vez más a la misión consumada de Dios tal como la escribió el apóstol Juan en el libro de Apocalipsis, que dice: Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. (Apoc. 7:9-10, RVR 1960). El apóstol Juan, sin duda, quedó casi sin palabras por la visión ante él, pues comienza diciendo: “Miré, y he aquí una gran multitud la cual nadie podía contar.” Juan describe personas de todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos. “Toda” y “todas” nos dicen que la misión redentora de Dios no fallará. No afirma que “toda nación” y “todos los pueblos” serán salvos, sino que habrá personas “de” cada nación, lengua, tribu y pueblo que dirán “sí” a Jesús.
Porque de tal manera amó Dios al “mundo” (Juan 3:16), y “Y será predicado este evangelio en todo el mundo para testimonio a todas las naciones” (Mateo 24:14), y “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15) nos muestran que la misión de Dios es predicar el evangelio a “toda nación, toda tribu, todo idioma y toda persona.” Deténgase a considerar esto: tenemos un gran privilegio y una gran responsabilidad de compartir el evangelio de Cristo en palabra y en acción con nuestra nación, con nuestra tribu, con quienes hablan nuestro idioma y con nuestra gente. El mensaje del evangelio de Jesucristo se comunica mejor de manera encarnacional; es decir, la gente necesita identificarse con un evangelio que pueda ver vivido en las vidas de personas de su misma etnia, tribu o generación, y en su propio idioma y entre su propia gente o vecindario. Nuestra vida visible, nuestras oraciones y nuestra fe y confianza en el poder de Dios traducen el amor de Jesús, su toque sanador y su poder transformador en el lenguaje de quienes necesitan entenderlo.
Jesús es el ejemplo del ministerio encarnacional según Juan 1:14,18, que dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” El versículo 18 dice: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” La expresión “le ha dado a conocer” también se traduce como “le ha declarado”, pero la palabra podría entenderse también como “traducir o interpretar”. Eugene Peterson, en la versión El Mensaje, parafrasea el versículo 14 así: “El Verbo se hizo carne y sangre y se mudó al vecindario.” A veces necesitamos oír a alguien que vive en el mismo vecindario que nosotros y cuya vida también nos ayuda a entender a Dios. A Dios le agrada manifestar su poder extraordinario a través de personas ordinarias. Eso suele ser una gran sorpresa para nosotros y, al mismo tiempo, nos ayuda a creer que Dios también puede hacer algo por nosotros.
Por eso la oración puede ser una práctica y un vehículo tan importantes para ayudar a otros a experimentar la ayuda y el poder de Dios. Orar por nuestras propias necesidades y orar por los demás es una práctica presente a lo largo de las Escrituras. Daniel DeWitt Lowrey escribe: “Orar a Dios supone en la fe que él está poderosamente dispuesto y también misericordiosamente capaz de oír y responder a las oraciones de su pueblo—y además, que él elige obrar en y a través de esas oraciones. Así, la oración se ve a lo largo de las Escrituras tanto un privilegio maravilloso como una solemne responsabilidad para el pueblo de Dios.”
A menudo la gente se pregunta qué es realmente la fe, pero a veces solo explicar una verdad teológica no basta; en ocasiones necesitamos ver cómo se ejerce la fe. Al principio, los discípulos de Jesús quedaban asombrados al verlo echar fuera demonios y sanar cuerpos enfermos. Marcos 1:34-36 registra los milagros que Jesús hizo en la casa de Simón Pedro. A la mañana siguiente, Jesús se levantó antes del amanecer y se fue a un lugar apartado a orar, pero sus discípulos lo buscaron y lo hallaron orando. Eso sucedió con tanta frecuencia que finalmente le dijeron a Jesús, como registra Lucas 11:1, “Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: ‘Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos’”.
Posiblemente, el mayor ministerio en el que todo seguidor de Cristo puede involucrarse sea el de orar por los demás. Santiago 5:13-18 (RVR 1960) dice:
“¿Sufre alguno entre vosotros? Que haga oración. ¿Está alguno alegre? Que cante alabanzas. ¿Está alguno entre vosotros enfermo? Que llame a los ancianos de la iglesia y que ellos oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor; y la oración de fe restaurará al enfermo, y el Señor lo levantará, y si ha cometido pecados le serán perdonados. Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho. Elías era un hombre de pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto.
Santiago nos dice en estos versículos que la oración es una práctica vital en la iglesia. Cuando alguien está enfermo o su vida ha sido dañada por el pecado, la oración es la provisión de Dios para la sanidad y la restauración. Luego, Santiago nos dirige la atención a Elías, considerado quizá el mayor de los profetas del Antiguo Testamento de Israel. Sin embargo, Elías era un hombre con la misma naturaleza que la nuestra. No era un superhombre, sino un hombre que comprendía que, en su tiempo, no tenía poder político para volver a llevar a la nación a Dios. Solo tenía la práctica de la oración de fe. Sus oraciones detuvieron la lluvia y confrontaron el mal liderazgo de Acab y Jezabel. Sus oraciones pusieron a la nación de rodillas en la desesperación. Cuando el pueblo volvió a Dios, Elías se postró y oró por la lluvia, y Dios la envió, salvando al pueblo de la destrucción. Por eso Santiago exhorta: “Orad unos por otros para que seáis sanados” (Santiago 5:16).
Permítanme cerrar animándoles hoy a aceptar el llamado de Dios a orar por las personas que viven cerca de ustedes. Oren por quienes están más cercanos a ustedes, luego extiendan la oración a su vecindario y después a sus compañeros de trabajo. Finalmente, oremos por los Estados Unidos y por las naciones. Es nuestro privilegio y nuestra responsabilidad…¡en el nombre de Jesús, amén!
Dennis Rivera
Director, Relaciones Hispanas & Étnicas

ASAMBLEAS DE DIOS